Diciembre 10

“Pues está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y el otro de la libre”, (Gálatas 4:22)

En este capítulo de Gálatas Pablo no estaba hablando del pecado, sino de la relación entre lo natural y lo espiritual. Lo natural solo se puede volver espiritual mediante el sacrificio, de otra forma la persona vivirá de manera dividida. ¿Por qué ordenó Dios que lo natural se sacrifique? Él no lo ordenó. No es su voluntad perfecta, sino su voluntad permisiva. Su voluntad perfecta es que lo natural se vuelva espiritual por la obediencia. Es el pecado el que ha hecho necesario que lo natural se sacrifique.

Abraham tuvo que ofrecer primero a Ismael que a Isaac (ver Génesis 21:8-14). Algunos de nosotros estamos tratando de ofrecerle a Dios sacrificios espirituales, antes de haber sacrificado lo natural. La única forma de ofrecerle a Él un sacrificio espiritual es presentando nuestros cuerpos como un sacrificio vivo. La santificación es más que ser liberados del pecado. Implica rendirme deliberadamente al Dios de mi salvación, cueste lo que costare.

Si no sacrificamos lo natural por lo espiritual, la vida natural se pondrá y desafiará a la vida del Hijo de Dios en nosotros produciendo confusión permanente. Este es siempre el resultado de una naturaleza espiritual indisciplinada. Nos descarriamos porque rehusamos con obstinación disciplinarnos, física, moral, o mentalmente. Y luego nos disculpamos, diciendo: “Bueno, no me enseñaron disciplina cuando era niño”. ¡Entonces disciplínate ahora! Si no lo haces, arruinarás toda tu relación personal con el Señor.

Mientras sigamos mimando y premiando a nuestra vida natural, Dios se involucrará activamente en ella. Pero cuando estemos dispuestos y resueltos a sacarla al desierto y a mantenerla sometida, su presencia es en nuestra vida natural y Él hará surgir pozos y oasis en cumplimiento de todas sus promesas para lo natural (ver Génesis 21:15-19).

AVIVAMIENTOS

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“…Ojos era yo para el ciego, y pies para el cojoy examinaba la causa que no conocía“, Job 29:15,16

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10 De Dezembro
“Abraão teve dois filhos, um da mulher escrava e outro da livre”, Gal.4.22

Neste capítulo de Gálatas, Paulo não lida com o pecado, mas, da relação que existe entre o âmbito natural e o espiritual. O natural deve ser transformado em espiritual através do sacrifício, senão ocorrerá um divórcio desastrado da vida real. Por que Deus ordenaria que o natural fosse sacrificado? Ele não ordenou. Não se trata de uma ordem de Deus, mas, de sua vontade permissiva. A determinação de Deus foi de que o natural se transformasse em espiritual através da obediência incondicional; mas, a presença do pecado tornou necessário que o natural fosse sacrificado logo ali.

Abraão teve que oferecer Ismael antes mesmo de poder oferecer Isaque (ver Gênesis 21:8-14). Alguns de nós estamos a tentar oferecer sacrifícios espirituais a Deus antes de sacrificarmos tudo aquilo que nos possa ser natural. O único meio de podermos oferecer a Deus um sacrifício espiritual, será apresentar o nosso corpo como sacrifício vivo a ele diante dele. A santificação significa mais do que libertação do nosso pecado; significa uma entrega deliberada de mim mesmo, a Deus, sem importar-me com o preço que me irá custar ainda.

Se não sacrificarmos o natural ao espiritual, a vida natural zombará da vida do Filho de Deus dentro de nós, produzindo uma permanente vacilação e oscilação em todos os nossos passos e mecanismos. Isso é sempre produto de uma natureza espiritual indisciplinada e irascível. Erramos por sermos teimosos, recusando-nos a disciplinar-nos física, moral e mentalmente. “Eu nunca fui disciplinado quando era criança”. Mas, tem que se disciplinar agora. Se não o fizer, a sua vida pessoal não irá ter qualquer valor para Deus.

Enquanto persistirmos em tornar a nossa vida natural mimada e acariciada por nós mesmos, Deus não terá porque a abençoar; quando, porém, a colocarmos no deserto e resolutamente a subjugarmos a ele e a nós mesmos para lhe obedecer incondicionalmente, então Jesus será com ela; abrirá poços e oásis dentro de nós e cumprirá todas as suas promessas em relação à nossa vida natural, Gen.21:15-19.

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“…Olhos para o cego e pés para o coxo… pai para o orfão e a causa que desconhecia, investiguei…” Jó 29:15,16

Diciembre 9

Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos“, Gálatas 5:24

La vida natural no es pecaminosa. Pero debemos abandonar el pecado y no tener absolutamente nada que ver con él. El pecado pertenece al diablo y al infierno. Yo, como un hijo de Dios, pertenezco al cielo y al Señor. El punto no es renunciar al pecado, sino al derecho sobre mí mismo, a mi independencia natural y a mi voluntad. Es aquí donde la batalla se debe librar. Lo que nos impide ser lo mejor de Dios es lo recto, bueno y noble, desde el punto de vista natural. Cuando comprendemos que la excelencia moral natural es contraria a la sumisión a Dios, ponemos a nuestra alma en el centro de su más recia batalla. Muy pocos de nosotros controvertimos lo que es sucio, malo y erróneo, pero sí lo que es bueno. Lo bueno es enemigo de lo mejor y cuanto más alto asciendes en la escala de la excelencia moral, tanto más intensa es la oposición a Jesucristo. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne. No solamente te costará algo de tu vida natural, sino todo. Jesús, dijo: “…Si alguien quiere venir en pos de mi; niéguese a sí mismo”, Mateo 16:24, es decir, antes de hacerlo debes negarte al derecho sobre ti mismo y comprender quién es Jesucristo. No rehúses asistir al funeral de tu propia independencia.

La vida natural no es espiritual y solamente se vuelve espiritual por medio del sacrificio. Si no sacrificamos a propósito lo natural, lo sobrenatural nunca será natural. No lo conseguimos con facilidad, pero cada uno de nosotros tiene en sus manos todos los medios para alcanzarlo. No es cuestión de orar, sino de poner en práctica.

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“…Ojos era yo para el ciego, y pies para el cojoy examinaba la causa que no conocía“, Job 29:15,16

9 De Dezembro
E os que são de Cristo Jesus crucificaram a carne, com as suas paixões e concupiscências“, Gal.5.24

A nossa vida natural não é pecaminosa; devemos separá-la de todo pecado e não ter nada a ver com ele sob qualquer forma ou pretexto. O pecado nasceu do inferno e do diabo; então, eu, como filho de Deus, pertenço ao céu e a Deus. A renúncia aqui não é ao pecado, mas, aos meus direitos sobre mim mesmo que é o que faz o pecado em sua essência, sobre minha independência e auto-confirmação; e é aí que a batalha se trava, nessa esfera. São coisas justas, nobres e boas do ponto de vista natural que nos mantêm afastados do melhor que há em Deus. Quando entendemos que as virtudes naturais se opõem naturalmente à nossa rendição total a Deus, estamos em vias de colocar toda a nossa alma bem no centro do seu maior campo de batalha. A maioria dos cristãos não questiona sequer nada mais sobre a malignidade do pecado, do mal e do erro, mas, no entanto, nos embaraçamos no que é bom na aparência. É o bom que é inimigo do melhor; e quanto mais alto subimos na escala das nossas virtudes naturais, tanto mais intensa será a oposição a Jesus Cristo. “E os que são de Cristo Jesus crucificaram a carne” – os custos reais são sacrificar em nós tudo que há de natural e não apenas algumas coisas que há de mal. Jesus disse: “Se alguém quer vir após mim, negue-se a si mesmo”, Mat.16:24, ou seja, renuncie a todos os seus direitos sobre si mesmo; e ninguém o fará enquanto não compreender quem é Jesus Cristo de forma real e evidente. Cuidado para não se recusar a assistir ao velório e funeral da sua própria independência.

A vida natural não é pecaminosa, mas, também não é espiritual e só pode tornar-se espiritual através do sacrifício dela. Se não sacrificarmos resolutamente tudo aquilo que é natural, o sobrenatural nunca poderá tornar-se natural dentro de nenhum de nós. Não há um caminho fácil para se poder chegar lá; a responsabilidade é sempre de cada qual. E não é uma questão de oração, mas, de prática, de acção voluntária e activa contra si próprio.

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“…Olhos para o cego e pés para o coxo… pai para o orfão e a causa que desconhecia, investiguei…” Jó 29:15,16

Diciembre 8

“Y así, con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”, Hebreos 10:14

Si creemos que Dios nos perdona porque sentimos dolor por nuestros pecados, pisoteamos la sangre del Hijo de Dios. La muerte de Jesucristo es la única razón para que Dios perdone los pecados y para la insondable profundidad que hay en el hecho de que no los recuerda. El arrepentimiento es solamente el resultado de nuestra comprensión personal de la expiación que Él llevó a cabo por nosotros.

“… Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención”, 1 Corintios 1:30. Cuando entendemos que Él se hizo todo esto por nosotros, entonces comenzamos a disfrutar del gozo ilimitado de Dios. Dondequiera que no esté presente su gozo, está operando la sentencia de muerte.

Sin importar quiénes o qué seamos, Dios nos restaura a la posición correcta con Él únicamente por la muerte de Jesucristo. Él no lo hace porque su Hijo aboga por nosotros, sino porque murió. Es algo que no se gana, sino que se acepta. Ninguna súplica o ruego que deliberadamente ignore la cruz de Cristo tiene valor, pues está golpeando en una puerta diferente a la que Jesús ya abrió. Protestamos diciendo: “Pero no quiero acercarme de esa manera, es demasiado humillante ser recibido como pecador”. La respuesta de Dios, a través de Pedro, es: “…No hay otro nombre… en que podamos ser salvos” Hechos 4:12. La aparente crueldad de Dios es precisamente la expresión real de su corazón. Existe una entrada ilimitada en su camino. “En el tenemos redención por su sangre…” Efesios 1:7. Identificarnos con la muerte de Jesucristo significa que debemos morir a todo lo que nunca hizo parte de Él.

Dios es justo al salvar a gente mala, únicamente por el hecho de que la vuelve buena. El Señor no dice que estamos bien, cuando estamos mal de todo. La expiación de Cristo en la cruz es la propiciación que Dios usa para hacer de los impíos personas santas.

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“…Ojos era yo para el ciego, y pies para el cojoy examinaba la causa que no conocía“, Job 29:15,16

 

8 De Dezembro
Porque com uma única oferta aperfeiçoou para sempre quantos estão sendo santificados“, Heb.10.14

Se pensarmos que somos perdoados por estarmos arrependidos de nossos pecados, estamos afrontando o sangue do Filho de Deus. A única explicação para o perdão de Deus e para a insondável profundidade da sua capacidade de esquecer tudo que fizemos, é a morte de Jesus Cristo. Nosso arrependimento é simplesmente o resultado desse nosso reconhecimento pessoal da expiação que ele realizou por nós em nós. “Cristo Jesus… se nos tornou… sabedoria e justiça e santificação e redenção”, 1Cor.1:30. Logo que compreendemos que Cristo se tornou tudo isso por nós, começamos a sentir o sublime gozo de Deus dentro; e onde não houver este gozo, a sentença de morte contra todo pecado entrará em acção irreversível a partir de então.

Não importa quem somos ou o que somos, temos reconciliação completa com Deus através da morte de Jesus Cristo e por nenhum outro meio alternativo o teremos e não porque ele a suplique, mas, porque ele morreu na cruz de vez. Não a obtemos por méritos pessoais, mas, pela sua aceitação. Toda súplica que deliberadamente se recusa a reconhecer a cruz, para nada serve; é o mesmo que bater numa outra porta sem ser na que Jesus abriu por nós. “Não quero passar por esse caminho; é humilhante demais ser recebido como pecador”. “Não existe nenhum outro nome… pelo qual possamos ser salvos”, Act.4:12. Essa aparente insensibilidade de Deus, na verdade, é a expressão do seu coração, pois pelo caminho que ele propõe, as possibilidades de entrada no reino serão, a partir de então, ilimitadas. “Nele temos a redenção, pelo seu sangue”, Ef.1:7. Identificarmo-nos com a morte de Jesus Cristo significa identificarmo-nos com ele para morrermos para tudo que não se relaciona com Jesus.

Deus só é justo em salvar homens maus se os tornar justos e bons também. O Senhor não faz de conta que estamos bem quando, na verdade, não estamos e nos achamos em erro. A expiação é uma propiciação através da qual Deus, com a morte de Jesus, torna santo um homem que sempre foi ímpio.

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Diciembre 7

La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación“, 2 Corintios 7:10

Mi convicción de pecado se expresa mejor en las palabras: “Mis pecados, mis pecados, oh Salvador mío, cuán tristemente caen sobre ti”

La convicción de pecado es una de las experiencias más raras en una persona y es el umbral del entendimiento de Dios. Jesucristo dije que cuando el Espíritu Santo viniera, convencería a la gente de pecado (ver Juan 16:8). Cuando el Espíritu despierta la conciencia de una persona y la lleva a la presencia de Dios, a ella no le preocupa la relación con los demás, sino la relación con Él: “Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos”, Salmo 51:4. Las maravillas de la convicción de pecado, el perdón y la santidad están tan estrechamente relacionadas, que sólo es santa la persona que verdaderamente ha sido perdonada. Tú pruebas que fuiste perdonado debido a que por la gracia de Dios te opones completamente a lo que eres. El arrepentimiento siempre lleva a la persona a este punto: “He pecado”. La evidencia más segura de que Dios está obrando en tu vida es cuando dices estas palabras en serio. Algo menos que esto es remordimiento por haber cometido torpezas, un acto reflejo causado por el disgusto con uno mismo.

La entrada al reino de Dios se logra a través de los agudos dolores del arrepentimiento que golpean la respetable bondad del hombre. Luego, el Espíritu Santo, quien es el que produce esta agonía, empieza la formación del Hijo de Dios en la vida de la persona (Gálatas 4:19). Esta nueva vida se manifiesta por un arrepentimiento consciente, seguido de una santidad inconsciente y nunca al contrario. La base del cristianismo es el arrepentimiento. En sentido estricto, una persona no puede arrepentirse cuando quiera. El arrepentimiento es un don de Dios. Los antiguos puritanos acostumbraban orar por el “don de las lágrimas”. Si alguna vez dejas de comprender el valor del arrepentimiento, tolerarás la permanencia en el pecado. Examínate y ve si has olvidado cómo vivir verdaderamente arrepentido.

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“…Ojos era yo para el ciego, y pies para el cojo… y examinaba la causa que no conocía“,Job 29:15,16

 

7 De Dezembro
Arrependimento
“Porque a tristeza segundo Deus produz arrependimento para a salvação”, 2 Cor.7.10

A melhor descrição de convicção de pecado que existe é a seguinte: “Meus pecados, meus pecados, Salvador meu, Com tristeza recaem sobre Ti!”

A convicção do pecado é uma das experiências mais raras que os homens obtêm. É o limiar de uma compreensão e compensação entre eles e Deus. Jesus Cristo disse que, quando o Espírito Santo viesse, ele teria como missão convencer-me do pecado (ver João 16:8). Quando o Espírito Santo desperta a consciência de uma pessoa e a conduz até à presença de Deus, o único relacionamento com que ela se preocupa naquele exacto momento será o seu relacionamento com Deus: “Pequei contra ti, contra ti somente pequei e fiz o que é mal perante os teus olhos”, Sal.51:4. A maravilha da convicção de pecado, do perdão e da santidade entrelaçam-se de tal forma que só a pessoa perdoada se torna santa; ela prova que está perdoada quando, pela graça de Deus, se torna o oposto do que foi até ali. O arrependimento leva sempre qualquer pessoa a esse ponto de partida: “Pequei”. O sinal mais certo de que Deus está operante em alguém, é quando ele faz essa declaração e o faz com sinceridade verídica. Tudo aquilo que ficar aquém disso é remorso por ter cometido um engano, um reflexo daquele facto de estar irritado consigo mesmo por não haver feito melhor. A pessoa entra no reino quando as dores atrozes do arrependimento colidem com a sua dignidade em competição assumida; então, o Espírito Santo, que gerou essa agonia em nós, começa a formação do Filho de Deus dentro daquela vida (Gálatas 4:19). A nova vida se manifestará através dum arrependimento consciente e duma santidade inconsciente – nunca o contrário disso. A pedra fundamental e basilar do cristianismo é o arrependimento. Para ser exacto, ninguém pode arrepender-se na hora que quer, pois o arrependimento é uma dádiva de Deus sobre a coisa certa. Os Puritanos costumavam orar pedindo o “dom das lágrimas”. No dia em que você deixar de conhecer a virtude do arrependimento em si por si, achar-se-á em trevas. Examine-se e verifique se já se esqueceu do que é arrepender-se.

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Diciembre 6

Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal de mi pacto con la tierra“, Génesis 9:13

Es la voluntad de Dios que los seres humanos establezcan una relación correcta con Él y sus pactos tienen ese propósito. ¿Porqué no me salva Dios? Él me ha salvado, pero aún no he entablado una relación con Él. ¿Por qué no hace Dios esto y aquello? Lo ha hecho. El asunto es: ¿Entraré en la relación de ese pacto? Todas sus grandes bendiciones han sido consumadas y están completas, pero me pertenecen a partir del momento en que establezco una relación con Él fundamentada en su pacto.

Esperar que Dios obre es incredulidad, carnalidad. Significa que no tengo fe en Él y espero que haga algo en mí para que yo pueda confiar en eso. Pero Él no lo hará, porque esa no es la base de su relación con el hombre. En su pacto con Dios, el hombre debe ir más allá de la parte física y de los sentimientos, así como Él va más allá de sí mismo para alcanzar al hombre con su pacto. Es cuestión de fe en Dios, algo muy raro.

Tenemos fe solamente en nuestros sentimientos. No le creo a Dios hasta que pone algo tangible en mi mano; y entonces, al saber que ya lo tengo, digo: “Ahora creo”. Aquí no hay ninguna fe. Dios dice: “¡Mirad a mí y sed salvos!” Isaías 45:22.

Cuando realmente hago un compromiso con Dios sobre la base de su pacto y me rindo por completo, no hay ninguna conciencia de méritos personales. No existe en ello absolutamente ningún ingrediente humano, sino la abrumadora conciencia de ser llevado a la unión con Dios. Así, mi vida se transforma e irradia paz y gozo.

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“…Ojos era yo para el ciego, y pies para el cojoy examinaba la causa que no conocía“, Job 29:15,16

6 De Dezembro
Porei nas nuvens o meu arco; será por sinal da aliança entre mim e a terra“, Gen.9.13

A vontade de Deus é que os seus seres humanos entrem numa aliança e num relacionamento moral com ele e todas as alianças que faz connosco têm somente essa finalidade. Por que Deus não me salva? Ele me salvou, mas, não entrei em relacionamento com ele. Por que Deus não faz isso ou aquilo? Ele já fez; mas, a questão é – estou relacionado com a aliança e com ele nela? Todas as bênçãos de Deus são consumadas e completas, mas, não se tornarão minhas enquanto eu não entrar em relacionamento exclusivo com ele, com a sua aliança como base fixa.

Esperar que Deus vá agir havendo agido já, é demonstrar incredulidade, pois, significa que não tenho fé nele e, por isso, ainda espero que vá agir; espero que ele faça alguma coisa em mim para que, depois, possa confiar naquilo que fez e não nele. Deus não o fará, porque não é essa a base fixada do relacionamento dele com o homem. O homem tem que tomar a iniciativa em sua aliança com Deus, a que já se acha feita e integrada, como Deus tomou a sua iniciativa quando fez a sua aliança com o homem. É uma questão de ter fé em Deus – a coisa mais rara na terra; temos fé apenas em nossos sentimentos e no que sentimos ser verdade. Eu não crerei em Deus enquanto ele não puser em minha mão alguma coisa para que eu possa saber que a tenho; aí então direi: “Agora sim, agora creio”. Isso não é fé. “Olhai para mim e sede salvos”, Is.45:22.

Quando entro de facto no acordo de Deus em uníssono com ele sobre a sua aliança e me posso entregar inteiramente só a ele, não há nisso nenhum sentimentalismo de mérito, nenhum esforço humano, mas, um singular sentido de estar em uníssono com Deus perante ele. Aí, com paz e alegria, tudo se transfigura diante de mim e em mim diante dele.

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